El retrato de Perla XII
Y se dividieron las venas, al llegar ella
Se coloreaba de naranja el ocaso y en la carreta de Ignacio y Viviana se sentía la emoción nueva de la maternidad. Una Genara enseñando a la joven y primeriza madre a dar la teta a sus mellizas y un Nacho desde un rincón viviendo la sensación mas maravillosa que jamás antes había experimentado. Observaba a su preciosa mujer siguiendo las instrucciones de Genara, su corazón parecía detenido y el tiempo, no existía el tiempo. Mas afuera de la tienda, estaba sentada en el sillón la Meme... Sólo ella sabía lo que de su corazón y mente fluía.
Genara salió de la tienda en busca de la abuela y parándose frente a ella le reclamó con fuerza: "¡Oiga mujer, que entre pa' que ayude a su hija que la necesita! No puedo entender esas maneras tan frías de amar de ustedes los de alcurnia. Acá nosotros, cuando nos nace uno de los nuestros, lo celebramos hasta mas allá de la muerte. Las abuelas, no se despegan de la nueva madre ni de las crías, que hasta se pelean por quien ayuda más., mientras los hombres afuera beben ron planificando el futuro de la familia. El resto de la comarca, adorna la misma para la presentación del mocosito. Todos nos unimos más como familia, porque aquí, todos somos familia. Y mírenla a usté, sentada afuera de la tienda, con esa cara de repudio, de asco. ¡Pobre diabla! ¿Qué va hacer ahora que está a nosotros por sangre bordada? Ya no hay vuelta atrás, mujercita de porcelana, sus nietas, las dos son gitanas."
Al escuchar esas últimas palabras la Meme se levantó de un impulso y del mismo, osó levantar la mano para dar una bofetada a la Genara, pero un Ignacio quien había salido de la tienda también en busca de la abuela, enfurecido detuvo la mano de la mujer: "¡Ni se te ocurra nuevamente levantarle la mano a la Genara ni a nadie en mis tierras! Nunca le he levantado la mano a una mujer, los hombres que hacen tales abominaciones deberían ser paleados hasta la muerte, pero te aseguro que si osas nuevamente hacer tal cosa, dejaré que mis mujeres tomen la justicia en sus manos. Ustedes, los payos, se creen por encima de nosotros. Han vivido por años persiguiendo a los de mi sangre, robando nuestras tierras, maltratando nuestras mujeres y niños. Una vez juré en sangre, sobre la tumba de mis padres, que en mi comarca nunca esas atrocidades sucederían. Hasta el sol que me ha besado hoy en el rostro, esto ha sido así y en sangre juro por mis muertos nuevamente, que seguirá así." Diciendo esto, abrió con un puñal de plata la palma de la mano derecha y regó su sangre en la tierra.
Esto asustó en sobremanera a la abuela, quien turbada y asustada subió a la tienda. La Genara rompió el ruedo de su verde falda para vendar la mano del Ignacio. "Vamos hombre, vamos a mi carreta, allá te preparo un ungüento con cenizas, raíces, saliva y tierra para curarte esa herida. No tenías que hacer esto muchacho, la hubieses dejao, que hace tiempo que no le arranco unas greñas a esas payo de la vida... ¡Jajaja muérganas!" decía la Genara al Nacho mientras lo encaminaba hacia su tienda.
A lo lejos, en el sótano de la torre del rosado convento, una joven monja paría el fruto de su pecado. No pudo contenerse ante la sangre apasionada de un joven y romántico gitano que conoció en la plaza, una tarde que le dieron libre en convento. Fue un amor tórrido, pecaminoso, clandestino, muy real y muy corto. Duró este amor hasta que una de las otras monjas los descubrió en las afueras del jardín del convento... Cometiendo pecado. No dijo nada hasta estar completamente segura de lo que veía, escuchaba y vivía. Luego de haber sudado, obviamente por el sol de la madrugada, lavó sus manos y corrió ha contar a la madre superiora lo que había presenciado. Lo demás, es vieja y repetida historia. Los castigos, las penitencias y el ocultar la barriga hasta que el bastardo naciera... Nueve meses para negociar la vida de la cría y pagar por el silencio.
La madre superiora y tres monjas mas junto a una de las parteras de la comarca se hicieron cargo del terrible parto. La débil monja a gritos pedía clemencia. Se habían encerrado en uno de los cuartos del sótano del convento. La luz entraba por una pequeño hueco en una ventana vieja. Una monja rezaba el rosario para expiar los pecados. Las otras dos llevaban y traían las toallas calientes para la partera y una madre superiora indignada y avergonzada ayudaba a esta mientras reprochaba a la joven monja.
Diez horas después, nació una hermosa niña color canela y de cabellera tan oscura como espesa. Su llanto fue fuerte, rompía las paredes de la vieja iglesia, como si peleara contra la vida por salvar su vida. La gitana con ojos entibiados por las lágrimas dijo mirando a la madre: "Es una preciosa niña."
"Quiero ver mi hija." dijo la monja a lo que la madre superiora respondió: "¿Hija, cuál hija? Aquí no ha sucedido nada. Esta criatura se irá con quienes pertenece y tu, regresarás a tus labores sacramentales pero en otro convento. Tus padres pagaron para darte una vida santa y no les vamos a defraudar. Ustedes dos, terminen de limpiar esta porqueriza. Tu, ve a terminar las plegarias a la capilla. Mujer, agarra la cría y acompáñame a mi oficina. Y tu, ve a bañarte, a quitarte ese olor a pecado que traes encima, que estas dos tan pronto terminen te ayuden." Fueron las ordenes de la acérrima mujer.
La gitana envolvía con ternura la niña con una manta color perla. La había bañado con gran amor, como se hacía en la comarca y amarró en su tobillo izquierdo un cordón de cuero color violeta, mientras susurraba una nana para calmar a la niña mora.
La gitana no podía creer lo que había presenciado en ese cuarto del sótano. Caminaba detrás de la madre superiora, agradeciendo al cielo que nunca sería como ella. Agradecía ser parte de los gitanos marginados por la "clase privilegiada" de la mujer esta.
"Aquí está, aquí tienes plata suficiente para criar a alguien de ustedes y aquí algo más por tu silencio. Ya que se asomó la noche, puedes dormir en el mismo cuarto donde estábamos. Le diré a una de las monjas que te lleve algo de comida y algo para que te cubras del frío. En la mañana, no debes estar aquí ya." decía sin mirar a la cara de la gitana, a lo que esta reclamó: "¿Cómo voy a alimentar a la niña? Necesito que por lo menos esta noche la madre la pegue a la teta. Necesita alimentarse la cría. Las primeras horas son vitales para los críos. No puede ser que sean ustedes tan descorazonadas como para poner en riesgo a la niña. Se supone que ustedes sean mejores que nosotros, ustedes son los superiores, los benditos y nosotros los salvajes bastardos. Y esto, ¿te crees que con esto crecerá con bien esta niña? Que nuestros hijos nacen sin plata y tienen un corazón completo, pues la plata, madre sor, no lo es todo en la vida. Mi silencio, ¿y te crees que me interesa que esta niña sepa sus raíces? ¡Qué mucho te falta para ser sagrada, santa! ¡Que hasta la mas floja de piernas en la comarca tiene mas corazón que tu y todos los de tu especie! Es mejor que vayas a buscar la madre de esta niña pa que le de la teta durante la noche y te juro que antes del desayuno, no estaremos aquí. Si no la buscas, ya sabrás de lo que soy capaz. Y si, si te estoy amenazando, que por mi sangre soy capaz de enfrentar la muerte con mis garras." La madre superiora, muy asustada, las llevó directo a la habitación de la joven monja quien lactó a su bastarda durante toda la noche. Quedó tan rendida esta, que nunca supo cuando su hija se despidió hasta nunca jamás...
En la mañana, en la comarca: "¡Ignacio, la niña! ¡Se han llevado una de mis niñas!" gritaba enloquecida y ahogada en llantos Viviana. "¡Mi madre, estoy segura de esto! ¡Fue ella, ella se ha llevado la niña!" Ignacio entró a la habitación encolerizado. Había dormido en la hamaca, fuera la de la cabaña, dejando espacio para que la abuela estuviera con Viviana y sus gemelas. "¿Estás segura mi vida? ¿Genara no la habrá llevado? No puede ser mi reina, no puede ser. ¡Mi hija, mi sangre, mis venas! Voy a donde la Genara. La sangre llegará a las arenas como se hayan llevado a mi hija." besando la frente de Viviana salió de la cabaña.
En la carreta de la Genara: "Ya escuché Nacho, ya me enteré. Ya estoy lista pa lo que me pidas. Mandé a dos de las mujeres con Viviana, cuatro hombres estarán guardando tu tienda y los otros, los otros van con nosotros. Vamos Nacho, vamos por tu hija." Salieron de la carreta donde les esperaban todos los hombres y algunas mujeres. Fueron en busca de la otra niña a la casa grande.
Por un camino entre los caminos, llegó la gitana con la niña envuelta en la manta color perla a la comarca.
Viento Serena
(Lala©2012)

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