El retrato de Perla IX
Lo que queda atrás, regresa
En la casa azul, un energúmeno Alejandro vociferaba: "Si se creen que
van a burlarme de esta manera, están mas que equivocados. A Alejandro
Alcántara y Zalinas nadie lo engaña sin pagar por esto. Voy a destruir
esa comarca y a ella, a la bastarda de Aureliana, la haré vivir dentro
del infierno cuando regrese, porque de que regresa y se casa conmigo,
puedes escribirlo tía, es un hecho. Ya ese negocio estaba concluso entre
su padre y yo, nadie me quitara los derechos que tengo al dinero del
viejo. Me he cuidado mucho en este tiempo como el "fiel enamorado
prometido de la virginal princesita" como para que un capricho
fantasioso de esta me quite lo que es mío. Esa herencia es mía, así
tenga que arrastrar por la vereda del lupanar a la bastardilla esa."
Replicaba eufórico Alejandro a la tía Marí José mientras caminaba como
queriendo quebrar el suelo donde pisaba.
Esta, quien yacía
sentada en el sillón blanco de la estancia, observaba mas que asombrada y
aterrada, indignada y decepcionada a su sobrino. Se puso de pie y se
acercó a Alejandro lentamente. "Te desconozco. No puedo creer lo que
escucho de tus labios. Me pareces un perfecto patán, un desalmado, un
hombre sin principios ni moral. No fue esta la manera en que te crié. Es
cierto que cometí errores al darte todo cuanto pedías, pero jamás crié
un monstruo como en el que te has convertido. Deberías escucharte decir
todas esas barrabasadas. Lo peor de todo es que hablas de Aureliana como
un botín de guerra. Esa chica es una joya en bruto, no se merece ser
tratada de la forma que tu, su padre y la Memme la tratan. Ahora que
conozco de cerca todo, me da grima lo que veo. Me da vergüenza ser de
esa "elite" que tanto defienden los de tu estirpe. Como si no tuvieses
en tus baúles fantasmas. Y te juro Alejandro, sobre la tumba de mi
hermana santa, tu madre, quien moriría nuevamente de dolor al ver en lo
que te has convertido, que mientras me quede sangre en las venas,
defenderé a Aureliana. Puedes contarme desde este instante como abogada
de ella. Subiría a la montaña mas alta, atacaría al depredador mas recio
y contra mi propia sangre lucharía a favor de la verdad, el amor y la
justicia. Desde este mismo instante Alejandro, te retiro todas las
ayudas que recibes de mi. Recibirás mensualmente una cantidad razonable
del dinero que te queda de lo que te dejó tu madre, hasta que lo agotes.
Puedes seguir viviendo en el piso que te dejó tu padre, mientras puedas
pagarlo. Quédate el auto, ese ya ni me interesa, está saldo. De mi no
te preocupes, esta misma noche me devuelvo a mi palacete. A la Memme, la
llevas tu a su casa. Y te voy a dar un último consejo, aléjate de ella,
déjala en paz, no hagas que la sangre se vierta en la arena." dio la
vuelta encaminándose a la puerta, sin permitir que un asombrado
Alejandro contestara ni una sola palabra.
Este quedó mudo,
atónito, desarbolado. Toda su vida, desde que tenía uso de razón había
vivido a expensas de la inimaginable fortuna de su tía. El sabía que sus
padres le habían dejado una herencia, pero mientras podía, prefería
vivir de los dineros de la Marí José, quien por lástima al huérfano de
su sobrino, le dio todo en bandeja de plata. Alejandro creció siendo un
mantenido. Había comenzado a despilfarrar lo que su madre le había
dejado. El pensaba que su tía no lo sabía, pero esta se había enterado
por boca del contable de la familia. Este suceso la puso en sobre aviso y
comenzó a cerrar conspicuamente, todas las cuentas que había puesto en
manos de Alejandro. Pero ahora le estaba quitando todo. Su vida
comenzaba a pintarse de realidad. Su poder comenzaba a menguar.
"Ahora mas que nunca tengo que hacer regresar a Aureliana. Tengo que
casarme cuanto antes con la bastarda esa. No puedo darme el lujo de
perder mi posición, además mis deudas por las apuestas me están
atormentando. Esta me las paga la tía, una más a la lista. Tengo que
darme prisa, debo actuar con cautela pero rápido. Primero es lo primero,
llamar al viejo. De la abuela, luego me encargo. Aureliana prepárate,
están contados tus días en la carreta, pronto estarás de vuelta."
En la comarca, Perla caminaba descalza hacia la carreta de Genara.
Llevaba en las manos el alma. La vieja, que estaba acostada en la
hamaca, sintió el aroma de la perversa y dijo: "Es que te esperaba
antes. Te has tardao en vení. No hay por qué preocuparse. Todo pasará,
como tiene que pasá. De que habrá llanto, doló, angustia y hasta sangre,
júralo. Pero nuestra sangre, jamás llegará a la mar. Las cosas que se
dejaron atrás mi niña, tienen que regresá. Aquí hay muchos cabos
sueltos, muchos dolores ajenos sin consuelo, mentiras y misterios,
injusticias y secretos pero, llegó el viento pa' llevarse todo esto. Un
poco más Perla, un poco más, solo eso." Perla escuchaba a la Genara con
denuedo. Escuchaba. Grababa en su pecho cada palabra, cada respiro, cada
latido. Se sirvió un poco de ron, como obviando.
"Vieja, hoy
llega el Ignacio de hacer los negocios en la capital. Esperamos que al
bajar el sol ya haya llegao al campamento. Ya sabe que su otra hija está
con nosotros, que el cino se la ha devuelto. ¿Qué hacemos? ¿Cómo
hacemos? Van tres semanas desde la llegada de Aureliana. Guadalupe y
esta se están llevando bien. Se la pasan juntas todo el tiempo, bueno,
el tiempo que no está con tu nieto. Mira que le ha venío bien al
Marciano la llegada de la reina, hasta mas bonito está el maldito." le
contaba Perla a la vieja, preocupada por cómo se descubriría toda la
madeja. Esta se había sentado a los pies de la Genara, quien le
cepillaba su hermoso cabello y le hilvanaba perlas en las trenzas que le
arreglaba.
"Mi perversa hermosa, tu no eres tan perversa ná.
Mira si no te conoceré yo, como si te hubiese dado la teta. Debajo de
ese manto de rudeza, hay una mujer frágil, vulnerable y tierna. Que
siempre andas buscando el buen estar de los de tu sangre y se te olvía
el tuyo. Tranquila mi niña linda, el Nacho es un hombre sabio, por algo
es el jefe de la comarca. Este momento lo esperó desde siempre, el sabrá
como y cuando. Lo importante es que ambas están acá, en el hogar, con
su sangre. Mira que bellas quedaron tus trenzas. Perla, eres la fantasía
de todos los dilemas. Nadie conoce lo que llevas en tus quimeras. Nadie
te sabe las alquimias, no conocen de ti ni las espinas. Pero yo, yo te
guardo en el pecho, yo te acaricio las brisas." besó maternalmente la
frente de Perla, quien se secaba con el revés de la diestra las lágrimas
que brotaron a tenor de esas últimas palabras de la Genara.
"Que ya me voy vieja. Se me hace tarde. Tengo que poner mi mesa, hoy
vienen las mujeres de la Villa pa' que les lea la mano y les venda
historias bonitas. La Aureliana, está aprendiendo a usar las piedrecitas
y los cristales, es buena, muy buena. Me voy vieja. La quiero." Era con
la única persona que Perla se mostraba tal cual era. Es que había
historias entre ellas.
En el centro del campamento se había
levantado el mercado, como todos los fines de semana. Era el momento de
negociar los calés y los gayís. Era como entrar a una realidad mágica, a
otra dimensión sensorial. Los hombres venían en busca de armas blancas,
pieles, tabaco, licores entre otras. Mientras, las mujeres venían por
telas, especias, perfumes, alhajas y accesorios para las casas. Otras,
las mas atrevidas, buscaban de la magia de las gitanas. Pedían les
leyeran la mano, las cartas, la taza, otras buscaban remedios para los
amores y los consejos que no se atrevían pedir a las madres o abuelas.
Era un intercambio de culturas que trascendía cualquier nivel de los
epitelios.
Eran las dos de la tarde. Aureliana estaba con
Marciano en su carreta. Acababan de hacer el amor. Ella, semidesnuda,
sólo traía la camisa blanca que le había quitado a Marciano, traía una
copa de vino a su gitano quien la miraba extasiado desde los gigantescos
cojines multicolores de la parte trasera de la carreta. "Sol de mis
días, estas curvas tuyas encienden cualquier dilema. Te estás viendo
cada día mas hermosa, hasta color has cogío mi reina. Mírate, ve hasta
el espejo y observa lo que te digo. Es que hasta la mirada, el pelo, tu
vientre... Eres preciosa Sol de mis días, toda mía." Aureliana aun se
sonrojaba cuando escuchaba los halagos de su gitano. Pero se observaba
en el espejo y le gustaba lo que estaba viendo.
"Sueño mis
sueños, cada vez que camino por la comarca, todos me miran con cierto
aire que no logro comprender. Es como si supieran algo de mi. Nunca me
han tratado mal, al contrario, siento que me adoran. Pero noto que hay
algo misterioso en sus miradas. La otra tarde, cuando salí de lo de la
Lupe, una de las viejas tropezó conmigo y me besó la frente. Luego me
miró a los ojos y me dijo: “Cuando llegue el Nacho, tu vida será lo que
tuvo que ser. Mírate lo bella que eres, como ella" Eso me retumbó en el
pecho y cuando iba a preguntarle, la Genara me llamó para entregarme
unos panes de pasas y canela que había horneado. Mi amor, ¿qué pasa
conmigo? ¿Qué debo saber?" Marciano comenzaba a vestirse mientras
escuchaba cada palabra de Aureliana.
Ya vestido, mientras
amarraba sus botas: "Reina mía, claro que te adoran. ¿Quién no termina
adorando a una mujer como tu? Has sabido como llegarte a todos. Eso que
dices de tus sentires, deja que el tiempo sea quien te conteste. Todo a
su tiempo llega Sol de mis días, todo llega. Fíjate, hoy mismo llega
Ignacio, nuestro jefe. Se que su llegada traerá nuevas veredas para ti.
¿Acaso no has visto cómo desde que llegaste a la Villa y nos encontraste
tu vida a dado un giro dantesco? Perla, Genara, Guadalupe, yo, la
comarca... Eres la reina vida mía, la reina." decía con los pulmones
llenos mientras le ayudaba a amarrar los botones del vestido cerúleo que
estaba vistiendo.
“¿La reina? ¿Por qué me siguen llamando así?
Aun no soy tu esposa. Ves mi vida, no entiendo.” lo miraba a los ojos
azabache como queriendo meterse en ellos. "No preguntes mi curiosa
hermosa, vive los momentos y deja que lleguen los recuerdos. Ahora me
debo ir. Tengo que llegar hasta lo de Genara, quiere la lleve al centro a
esperar a Ignacio. Ponte más hermosa, quiero que el Nacho vea lo
preciosa que eres. Le diré a la Lupe y a la Perla que vengan por ti.
Toma, usa esta orquídea morada en tu cabellera y estos pendientes de
platino y amatistas. Hoy será un nuevo surco en tus arenas." la besó en
la boca con ternura febril y siguió su camino.
Aureliana
siguió arreglándose como había aprendido, ya lo hacía sin pensarlo.
Adornó su escarlatina cabellera con la orquídea morada, esta acentuaba
el color de su ondulado cabello. Colgó los pendientes de sus orejas y
volvió a asperjar el perfume que le había preparado la Genara. Salió de
la carreta y se sentó en el cojín anaranjado que estaba al lado de la
hamaca. Subió su falda para sacar su saquito tornasol. Sustrajo tres
piedras: una roja, una índigo y la última ámbar. Las frotó entre sus
manos y dijo:
“Almizcle como la sangre que corre en mis
matrices. Azul como el cielo que mira mis confines. Ámbar es el destino
que me depara. Cuando entre mis manos las tengo, ¿qué tengo grabado en
mis senos?" Besó el puño donde encerraba las piedras y las deslizó sobre
la estera morada. Por un momento sintió escalofríos pero luego de
acomodar las piedras y rociarlas con unos polvillos que sustrajo también
del saquito, suspiró, sonrió y acaricio su vientre, puso su índice
derecho en su ombligo.
"¡Esto está mas que bueno! Miren lo que
hace la reina. ¿Ya te estás llevando bien con tus polvos y piedras?
Recuerda Aureliana, esa es tu fuerza, tu poder, sólo tu puedes controlar
lo que desatan tus rayuelas. Me gusta verte así, hablando con ellas."
Le decía Guadalupe quien había llegado por ella. Esta lucía un hermoso
vestido coral y en su cintura llevaba un ancho cinto magenta con
bordados dorados. Su pelo lo llevaba recogido en una coleta que la
sujetaba una pañoleta también magenta. Zarcillos y collar nacarados y
sus muñecas adornadas con incontables pulseras doradas. Parecía una
genio sacada de una botella.
"Ves mi látigo. No solo es para
azuzar mis caballos o para impresionar mientras canto o bailo. Cada vez
que necesito fuerzas o tengo una duda entre mi cuero, lo hago sonar como
si golpeara el viento y ahí está. Me contesta. Y en ocasiones, hasta la
vía' me ha salvao. Esos, tus piedras y polvos, te salvarán en algún
momento. Te lo juro en sangre, como diría la Perla. Y miren que la
menciono y ella llega." aparecía Perla.
Perla vestía una falda
verde monte que dejaba ver su pierna izquierda. Su blusa blanca dejaba
los hombros al descubierto y de su cuello pendía un collar de perlas de
tres vueltas. En su pierna izquierda había amarrado una esclava, también
de perlas. "Ya llegó su padre. Debemos darnos prisa. Sabes que no le
gusta esperar al Ignacio. ¿Listas?" Les dijo a sus amadas amigas. Su
corazón quería salir galopando. Las palabras del cante, las de la
Genara, le palpitaban fuertemente. El Cuervo sobrevolaba.
Mientras caminaban juntas las hermosas moras hasta el centro de la
comarca, para sus adentros Perla en las palabras de Genara pensaba:
“Pero nuestra sangre, jamás llegará a la mar."
Viento Serena
(Lala©2012)

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