El retrato de Perla X
El hogar siempre llega
Todos estaban reunidos en el centro de la comarca. Habían dejado a un
lado las mesas y los puestos del mercado para recibir a su jefe. Ignacio
de la Ribera, mejor conocido como el Nacho, volvía a su comarca luego
de un largo viaje a la capital a raíz de algunos negocios pendientes.
Era un hombre sabio, recio, fuerte, tenaz, leal a los suyos, capaz de
abrir una vertiente en las mismas puertas del averno al momento de
defender su sangre.
Rallaba en los cincuenta, si no era que ya
los contaba como recuerdos, pero por la agilidad y fortaleza que le
engalanaban las sombras plateadas en su nocturna melena, podría hacerse
pasar por cualquiera de los jóvenes adultos de su campamento.
A
pesar de su a patente rudeza, Ignacio tenía un sentido del humor muy
peculiar y cuando un rapaz se le acercaba, las fuerzas se le
desmoronaban, se les fusionaban en la ternura y sutileza. Para nadie en
la comarca era un secreto que los críos eran la debilidad de Ignacio, a
grado tal que había prohibido les gritaran, les dieran nalgadas y ¡ay de
quien osara maltratar alguno de sus gitanillos!
Jefe astuto,
justo, se había ganado el respeto de su pueblo con el sudor de la frente
y el ejemplo intachable. Comenzó a liderar la comarca a los veintiocho
años, cuando su padre murió a manos de unos despiadados calés que le
asaltaron. Ya había perdido a una de sus hijas, se la habían arrebatado
del mismo vientre de su mujer. Esto lo tornó recio, duro pero al
contrario de su padre quien tenía la sangre volátil, era sosegado,
esperaba al mejor momento, el indicado para decidir y actuar.
Hombre fiel a una sola, su reina. Desde la muerte de esta, tres años ha,
aun no se le había conocido otra, ni para saciar su virilidad. Había
vivido para amar a su reina, criar con bien a la mora de las arenas y
esperar por el regreso de la otra gemela. No hubo un día que no
mencionara su nombre e inventara aventuras para ella. Hizo que Guadalupe
la aprendiera amar sin conocerla. Y en cuanto a su reina, como ya les
conté, hasta el sol de antier no había olvidado el olor de su piel.
Desde la primera vez que la vio en la playa, supo que era la doña de su
alba.
Hoy estaba enfrentando su pasado. Viviendo el comienzo
de nuevos y hermosos recuerdos. El destino y la astucia de Perla, no
solo le devolvía a Aureliana, también había reunido a las dos hermanas,
sus preciosas gemelas gitanas. Muchos años soñó con este momento. Muchas
veces, frente al espejo, ensayó lo que le diría a su hija cuando la
tuviera entre sus brazos. Mas ahora, sentía lo mismo que le ocurre
cuando un rapacillo se le acerca y le abraza por las piernas preguntando
por golosinas. Sentía que se derretía, se difuminaba. No fluían las
palabras.
Allí, ante todos los ancianos, hombres, mujeres,
jóvenes y niños de la comarca, justo frente a su tienda, esperaba por
ella. A su lado, Marciano y sentada en un sillón rodeada de pequeños
rapaces, la Genara, cuando de repente sintió un aroma nuevo, distinto a
los demás perfumes de las gitanas de su comarca, hicieron entrada las
tres mujeres. A la izquierda, como habitualmente, Perla, a la derecha,
muy emocionada, Guadalupe y al centro, una Aureliana muy nerviosa y
confundida con todo lo que estaba experimentando en ese momento.
Caminaron parsimoniosamente hasta frente Ignacio, este no pudo aguantar
sus lágrimas de emoción y amor, comenzó a cantar:
Que la vía me vale el alma
Que en el alma se me va la vía
Ya no habrá mas llantos hasta el alba
Me han devuelto el aliento a la morada
Mira que había por ti eperao
Mira que hasta hoy te había llorao
Pero al verte aquí ante mi
Hija de mi alma
Las penas y el doló se han disipao
Aureliana
Aureliana
Mora de las luces
Hija de tu santa mare
Sol de este patriarca
Aureliana
Aureliana
Mora es tu sangre
La Lupe a quien tanto amas
Salió del mismo vientre
Ella es tu hermana
Que la vía me vale el alma
Que en el alma se me va la vía
Ya no habrá mas llantos hasta el alba
Me han devuelto el aliento a la morada
Mientras cantaba el Nacho, Aureliana trataba de comprender sus coplas.
Sentía que su corazón iba a estallar y aun cuando mas confundida estaba
por la verdad que estaba siéndole descubierta, algo muy adentro le
llevaba a aceptarla. Justo al momento que terminó de cantar Ignacio, aun
en los vítores de todo el campamento, Aureliana de tal conmoción se
desplomó al suelo. Hubo unos momentos de tensión entre la gente. Lupe y
Perla se arrodillaron a tratar de hacerla volver en si. Marciano corrió a
ella. Genara quedó serena, confiada.
"Mantengan calma todos.
Marciano, lleva a mi hija a mi tienda. Perla y Lupe, queden con ella.
Genara, ve con ellas y haz lo tuyo. Ustedes gente mía, tranquilos, no es
para menos. Ha sido mucho para mi hija. Vayan en paz, todo está bien.
Ahora, a comenzar caminos nuevos, a vivir nuevos recuerdos. Esta noche,
quedaremos en familia, mañana, celebraremos." fueron las órdenes del
patriarca. Todo se fue realizando tal cual el iba dictando. Todo volvía a
ser de nuevo.
Adentro de la tienda, un Marciano preocupado
agarraba la mano de su mujer. Lupe estaba sentada a los pies de su
hermana. Perla se había situado justo al lado de la rubia. Genara, le
daba a oler algo de un frasquito morado. Mientras le susurraba una
melodía al oído. Ignacio entró a la tienda y llegó hasta donde estaban
todos. Aureliana recuperó la conciencia.
"Bienvenida a tu casa
hija. Te estábamos esperando desde que te usurparon. Se que tienes
muchas dudas y estas abrumada, pero Genara y yo, vamos a aclarar tu
historia, vamos a darle razón genuina a tu vía."
Viento Serena
(Lala©2012)

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